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Publicado : Ayuntamiento de Guardo 15 de abril de 2014

 La fuerza de la esperanza

Buenas noches. En primer lugar, muchas gracias,  Juan Carlos, por  la presentación, y gracias especiales a los que han confiado en mí para este Pregón de Semana Santa 2014.

Gracias  a todos los que estáis aquí, llenando esta Iglesia que tantos acontecimientos ha visto pasar entre sus muros. Gracias a los cofrades que con tanto esfuerzo dan solemnidad a las procesiones, ojalá que vuestro trabajo e ilusión os anime a vosotros y a los demás a vivir de una forma más intensa y comunitaria la fe no solo durante esta semana, sino todo el año.

Entre todas las semanas del año, la más importante para los cristianos es la Semana Santa, que ha sido santificada precisamente por los acontecimientos que conmemoramos en la liturgia, y consagrada  a Dios de manera muy especial.

Aunque actualmente esta semana es para muchas personas tiempo de vacaciones y de diversión, para los creyentes, es bueno recordar que todos los actos que se realizan desde el inicio de la Semana Santa, tienen un significado profundo que nos recuerda el sacrificio de Jesús en la cruz y que  no es solo  el recuerdo de un hecho histórico: para nosotros los creyentes debe ser tiempo de reflexión y de perdón.

Uno de los más impactantes comentarios que conozco sobre  la Semana Santa es de una monja benedictina alemana, Emiliana Lohr, que usa el hermoso ejemplo de un navío entrando en el puerto después de un largo viaje. Es una imagen de paz: las semanas de esfuerzo y tensión han concluido. La Iglesia es como esa embarcación. La Cuaresma ha sido un largo viaje, un tiempo de trabajo y disciplina; pero ahora, en la Semana Santa, el barco entra en el puerto, ha llegado el momento de descansar en la pasión de Cristo. Puede que no sea fácil sacar tiempo para dedicar a Dios en esta época  que vivimos, pero esta idea de descansar en la pasión sugiere la actitud mental que conviene tener al acercarse la Semana Santa.

Después de esta reflexión imprescindible sobre la Importancia de estos días y de  lo que vivirles de una manera auténtica nos puede aportar a todos, quiero hacer un poco de historia de la Semana Santa y  de Guardo y  no a través de mis vivencias personales, porque al fin y al cabo son las mismas de la mayoría de los que estamos aquí, sino a través de la experiencia de otras personas que al relatarla están haciendo un recorrido importante por la historia de nuestro pueblo y nuestra zona.

Cuando empecé a pensar sobre lo que escribiría para este pregón, una idea no dejaba de rondar por mi cabeza: la similitud que hay entre la Semana Santa y la historia reciente de nuestro pueblo y nuestra zona; sí, porque nosotros hemos tenido al igual que Jesús tuvo su  Domingo de Ramos,  una época  triunfal  en la que parecíamos la tierra prometida para tantas personas que llegaban de otras partes y que aquí encontraban trabajo y buenas condiciones de vida. Y como Jesús hemos vivido su pasión: nuestra comarca ha pasado por todas las circunstancias adversas que nos han llevado a la situación en la que estamos. Pero no debemos olvidar de ninguna manera que lo que mantuvo  a los discípulos  y seguidores de Jesús con la fuerza suficiente  capaz de cambiar el mundo,  fue la esperanza en la Resurrección. 

Empecemos nuestro relato siguiendo los pasos de Jesús:

La festividad del Domingo de Ramos tiene las dos caras centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo mediante la procesión de los ramos, y la muerte o el fracaso que se anuncia con la lectura de la pasión, por eso se denomina Domingo de Ramos (cara victoriosa) o Domingo de pasión (cara dolorosa), pero el Domingo de Ramos es la inauguración de la Pascua, o paso de las tinieblas a la luz, y de la muerte a la vida.

Son los años 40, poco a poco la normalidad va instalándose después de la guerra. Vicente es un minero que ha  venido desde las tierras del Bierzo, con su esposa y sus hijos en busca de una vida nueva y aquí ha encontrado trabajo nada más llegar. Hay una gran actividad minera y son muchos los que llegan de otras partes del país. Él  ha sido minero desde los 15 años; pertenece a esa raza de hombres fuertes y valientes que en tantas partes del mundo han bajado a las entrañas de la tierra para arrancar el carbón imprescindible para el progreso de la sociedad. Es un trabajo duro pero que les permitía sacar adelante a sus familias.

Le llaman la atención algunas costumbres, sobre todo alrededor de la Semana Santa,  la devoción  de las mujeres en  los viacrucis de los viernes, los santos tapados con lienzos negros en la Iglesia, un clima distinto al del resto del año y, le ha gustado especialmente el Domingo de Ramos, los niños contentos con los  ramos recién bendecidos,  la pequeña procesión, los cánticos y la devoción del pueblo,  y él, que es un hombre callado y reflexivo, piensa, tras las palabras del sacerdote que recuerda la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén rodeado de aquellas gentes sencillas que lo aclaman, que él también siente la alegría de estar en un pueblo que  recibe bien a los que vienen buscando trabajo, y que aunque no sabe lo que deparará el porvenir, siente que el futuro de su familia está aquí.

Jesús continúa su andadura en la Semana Santa, el lunes santo se reúne con sus amigos de Betania, y antes de las horas del odio y la traición, vive las horas de la amistad. Sabe que los  verdaderos amigos son los únicos que nos escuchan, los demás solo nos oyen  y ¡ Es tan necesario contar con amigos en las buenas y en las malas épocas! y eso Jesús lo sabe bien, porque lo que llegará después son los días de la traición, más dolorosa  porque es hecha por  algunos de los que se decían sus amigos.

Juan nació en los años 20 en un pueblo cercano a Badajoz. Apenas si fue a la escuela pues muy temprano empezó a trabajar cuidando ganado.  Más adelante sus padres  se trasladaron a una finca donde el trabajo era de sol a sol. Allí creó su propia familia y allí empezó a darse cuenta de que era imposible  que sus hijos tuvieran un buen  futuro. Un primo suyo había emigrado hacía un par de años a un pueblo de Palencia y constantemente en sus cartas le animaba a que se viniera. Había mucho trabajo y el pueblo recibía gentes de todos los sitios. Las cosas cada vez iban peor y Juan decidió emigrar con su familia en busca de una vida mejor. Cuando llegó le impactó la fábrica de la que tanto le hablaba su primo, Unión de Explosivos Rio Tinto; impresionante con sus silos, hornos  y edificios que más parecía estar en una ciudad que un pueblo. Pronto tuvo trabajo y sus hijos empezaron a ir a la escuela. Primero vivieron con su primo, pero después con mucho trabajo y sacrificio pudieron hacerse una pequeña casita en las inmediaciones de la fábrica y la sirena  de ésta marcaba no solo las horas del trabajo sino  las de todas las familias. Todos se encontraban a gusto pues los vecinos eran buena gente y pronto hicieron amistades. Las vecinas la enseñaron a su mujer a hacer los dulces de carnaval y sus hijos estaban encantados con las carracas que ese año tocarían en la Iglesia el  día de Viernes Santo. Se celebraba mucho la Semana Santa y les  causó sorpresa ver como se subastaban los santos que saldrían en las procesiones.  Y la devoción con la que las gentes acompañaban a las imágenes  y cantaban las sencillas canciones. Echaron raíces y aunque con alguna visita al pueblo, nunca pensaron en volver. Al hacerse mayores sus hijos entraban en la fábrica y su familia gozaba de una vida muy sencilla pero en la que siempre había comida en la mesa, amigos y diversiones.

La Semana Santa sigue adelante y la Iglesia sigue las huellas de su Maestro. Las narraciones de la pasión cobran vida, como si los hechos se repitieran ante nuestros ojos. Todos los acontecimientos que conducen al arresto, al proceso y a la ejecución de Jesús son recordados y nuestra participación en ellos no es mediante  imaginación o sentimiento sino por la fe.  Jueves Santo representa lo eterno y actual del amor de Dios hecho gesto humilde de servicio y entrega.  Todo comenzó allí, en la cena pascual, en aquella reunión por la que Cristo asume en plenitud su misión y adelanta en signo de pan, vino y servicio el desenlace final.

El Viernes Santo es la cruz, una cruz que no nos gusta mirar de frente: preferimos cerrar los ojos, porque la cruz de Cristo nos recuerda que muchos de los triunfos humanos han sido conseguidos   a costa de levantar mil cruces, sobre tantos  hombres y mujeres. Mirar  la cruz de frente es aceptar que debemos trabajar por la justicia, la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos. 

“Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado? Al escuchar estas palabras en la lectura de la Pasión de Viernes Santo, la Señora  Carmen no puede por menos que identificarse con Jesús. Es un grito que la llega al fondo del alma. Ella siempre vivió en Guardo. Participa desde niña en todas las celebraciones de la Semana Santa, es una mujer buena y generosa que siempre está dispuesta a echar una mano en lo que haga falta. Ha llevado una vida sencilla. De joven se caso con Anselmo, que vino a trabajar en la segunda fase de la Central Térmica de Velilla. Uno  más de los cientos de trabajadores que vinieron a trabajar a esas imponentes obras y que como otros se quedaron en esta zona. Recuerda con nostalgia aquellos tiempos en los que Guardo y  comarca eran un hervidero de gente, de actividades, recuerda el Festival de la Canción Minera, Radio Guardo,  las Asociaciones Culturales,  los cines, las salas de baile,  un pueblo vivo con un mosaico de personas de todos los lugares de España y hasta de Pakistán, que le han enriquecido no solo en lo material sino también aportando sus costumbres. En todas las épocas Guardo siempre ha celebrado la Semana Santa con fe, y ella recuerda como se transformaron las procesiones con  las Cofradías de encapuchados que tanta solemnidad las han dado y que hace que vengan a verlas gentes de otros sitios…. Qué buenas épocas, qué gran pueblo. El bienestar de los padres hizo que los niños y los jóvenes pudieran estudiar,  la vida de todos había mejorado y eso se notaba en el pueblo que creció espectacularmente, en  las casas, en la forma de vivir, en todo. 

Ahora en la madurez de su vida se pregunta en qué momento todo  empezó a cambiar, a escasear  el trabajo, a que las principales empresas de la zona empezaran a cerrar, a que los jóvenes marcharan porque aquí no había futuro para ellos. Ella, que había imaginado su vejez  y la de su marido rodeados de hijos y nietos, ve como las cosas cada vez son más difíciles porque además la crisis lo ha empeorado todo y  ha hecho que algunos tengan que volver al amparo de los padres…. Y  por la noche en la procesión de la Soledad mira a la Virgen   y la pregunta en su interior qué se hizo mal, qué paso para que todo se derrumbara, para que el desanimo aumente cada vez que vemos esas grandes obras paradas… Dios mío, Dios mío ¿Por qué nos has abandonado…?

Hay acontecimientos que solo pueden vivirse desde el silencio. Ante ellos toda palabra puede resultar impúdica porque arriesga con mancillar su solemne grandeza, su infinito misterio. Ningún acontecimiento como la muerte de Jesús en la Cruz merece ese admirable, respetuoso y sobrecogedor silencio, cargado de sorpresa, hecho de deuda de amor. El Sábado Santo es el día del gran silencio de la Iglesia, del gran temblor del corazón del mundo. No porque se desee que Dios calle, sino porque se quiere escuchar su grito con más fuerza. Cristo muerto y resucitado, fecunda las mismas entrañas de la tierra para hacer surgir de su profundidad la voz y el corazón nuevo que cante la esperanza.

María es una joven cofrade, desde pequeñita acompañaba a su madre en las procesiones; cuando fue haciéndose mayor eligió pertenecer a la banda de su cofradía y a pesar de los largos ensayos, cuando llegan las procesiones, siente que de alguna forma está contribuyendo a que muchas  personas se detengan y miren a la Virgen y a Jesús, y que algo se mueva en su corazón. Ella, como todos, oye continuamente hablar de la crisis, de los problemas, de lo que fue este pueblo y lo que es ahora. “Pero es mi pueblo -piensa- yo no conocí todo aquello de lo que tanto hablan pero si conozco su presente, creo que somos afortunados por vivir en una tierra tan hermosa, una tierra que durante mucho tiempo ofreció sus riquezas para el progreso y que ahora parece estar ahí expectante esperando que seamos capaces de emprender actividades nuevas que proporcionen trabajo”. A María la duele que no haya ilusión entre las personas, que siempre se hable en negativo, que parece que todos esperamos que nos lo den todo hecho. Ella tiene esperanza de que su pueblo vuelva a ocupar el lugar que le pertenece, no volviendo al pasado que es imposible, sino con un presente  en el que las personas miremos hacia adelante, arriesgando, luchando por el futuro con esperanza, y toca  su tambor  con mucha fuerza el domingo de Pascua en la procesión del encuentro en la que pide a la Virgen que nos ayude y sobre todo que  nos dé fuerza y  esperanza.

La Resurrección de Jesús no invita a tener esperanza, no fruto  del optimismo, ese producto  irracional de nuestro tiempo que hoy tantas veces se mezcla con el noble término de ilusión, que según nuestra lengua española nada tiene que ver con los ilusos. Hablamos de la confianza en que, a pesar de todo, las cosas irán mejor no solo porque sí, - porque la esperanza no consuela mediante el falaz mecanismo de cerrar los ojos a la realidad- sino porque los hombres han demostrado a través de los tiempos que las cosas pueden cambiar siempre que se  pongan los medios y el esfuerzo para hacerlo. 

En la Resurrección de Jesús se encuentra realizada la utopía humana, la superación de toda alineación, el nacimiento del hombre nuevo, la garantía de un futuro abierto al triunfo en nuestra esperanza. Estamos en el quicio de un antes y un después, el comienzo de un nuevo caminar, hacia la luz y hacia la vida.

Rosa María Antolín Alonso

ACLARACIÓN. Los personajes de Juan, Carmen y María son ficticios, pero si reflexionamos un poco sobre todo los que ya tenemos una edad, seguramente conocemos o hemos conocido a personas cuya experiencia de vida es muy parecida. Vicente el minero era mi padre.

Fotos: Rubén Abad

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